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Ilusión de Madera

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Ilusión de Madera

Se puso a escarbar hasta que la encontró, sus manos temblaban de moción y la pieza se le resbalaba. Nunca la había valorado y ahora

Para Este proyecto de deseos tan nobles y a Gaby,

Se puso a escarbar hasta que la encontró, sus manos temblaban de moción y la pieza se le resbalaba. Nunca la había valorado y ahora se veía columpiándose de nervios ante el hecho de tocar su lomo alado de madera. Se trataba de un extraño alebrije, llamado ilusión porque poseía los dos sexos en su encrestada figura.

Era la representación del dios de la plenitud, un dios que nada anhelaba porque se sentía en paz. Sus ojos redondos y bien abiertos comenzaron a reflejar lo que miraban, como si estuviesen vivos. El pequeño objeto, de escasos veinte centímetros, estaba cobrando vida y comenzaba a mover sus puntiagudos pies de color rosa mexicano.

Ilusión era mejor que cualquier estampita, era una diosa de madera a la que se le podía hablar de todo y de nada se asustaba, un diosa, como su nombre lo dice, de buena suerte.

Se la habían regalado en un pueblo terregoso de Oaxaca, se la dio un señor risueño y medio borracho por las navidades, un tal Linares, se la dio a cambio de mirar sus tristes ojos verdes: "este alebrije ha estado treinta años en la familia y ahora desea darle la buena fortuna a alguien de lejos", le dijo y, tras depositar la extraña figura en sus manos, echó a correr.

Ahora le pertenecía, como una especie de duendecillo adecuado para la mesa de noche, para hablarle de la fatiga de las cosas, del desgano y permitirle trastocar las pesadillas en perlas grises para múltiples collares de ensoñación. Alguien más allá que la mejor amiga incondicional.

Ilusión hablaba con una voz dulce y maternal, como si supiese todo y todo lo comprendiera. Se sabía de buena suerte y ese era el mejor de sus dones para cualquier desconocido.

Gracias a Ilusión le llegó el trabajo, logró la calcomanía cero para el coche y encontró un nuevo amor a la medida de sus sueños: alto, con la barba partida y penetrantes y tiernos ojos claros. Lo encontró cuando ya no lo esperaba, en una fiesta a la que a ella le daba flojera ir, lo encontró mientras yacía escondida bajo la mesa de los pastelillos y el champán, leyendo un libro sobre la historia de Londres y un loco año nuevo en Paris.

Él llegó ahí de lo más natural, como si estuviese predestinado a hacerlo. Desde ese momento se volvieron inseparables y hasta se escapaban juntos a mágicos lugares.

Hoy, ella estaba triste cuando sacó a Ilusión del cajón, estaba triste porque sabía que el momento de la despedida había llegado. Ahora ella, al igual que aquel desconocido de Oaxaca, debía buscar a alguien de ojos tristones para regalarle a Ilusión. Ilusión se lo había pedido la noche anterior, cuando ella llegó toda fascinada con su anillo de compromiso y los labios suavemente magullados: "Ya eres feliz, regálame a alguien más".

Ilusión la veía fijamente como animándola a creer que ahora la buena suerte vivía en ella. Ella tomó a Ilusión con amor, la guardó en su bolsa y salió a la calle, a la cacería de alguien con la mirada más triste que un cielo desestrellado. 

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